miércoles, 30 de enero de 2013

Damasco, madre de todas las ciudades

http://2.bp.blogspot.com/-2jy6Kr2R-1M/UIQpohXTToI/AAAAAAAABwI/4GhV5M1P_eE/s1600/Damasco+Palacio+Azem.jpgEs la ciudad más antigua del mundo aún habitada. Hogar de árabes, judíos, cristianos, kurdos, armenios, circasianos... Centro del mundo durante la dinastía Omeya. Salam Alekum, viajero, a ese pedazo de paraíso en la tierra que es Damasco, la capital de Siria. Damasco huele a especias y a rosas. Suena a bullicio. Y recuerda al cuento de Las mil y una noches.
  El poeta romántico y gran viajero francés del siglo XIX, Alfonso de Lamartine, la describe así: "Comprendo que las tradiciones árabes sitúen a Damasco como la ciudad del Paraíso Perdido. Ningún lugar del mundo puede recordar mejor el Edén. La enorme y fértil llanura, los siete brazos del río azul que la bañan, el encuadre majestuoso de sus montañas... la perfección del clima, todo indica, cuando menos, que Damasco ha sido una de las primeras ciudades construida por los hijos de los hombres, una parada natural de la humanidad errante en los tiempos; es una de esas ciudades escritas por el dedo de Dios sobre la tierra".

Damasco se remonta al IV milenio antes de Cristo. Aunque no sería hasta los tiempos del rey David, quien se hizo con el dominio del Oriente Próximo alrededor del año 1000 a. de C., cuando comenzó a ganar importancia. Poco después se convertía en la capital de un pequeño reino, Siria. Ya nunca dejó de ser centro de poder. Un poder que alcanzó su máximo esplendor entre los años 661 y 750, cuando el califato Omeya la erigió capital del más vasto imperio conocido hasta entonces, y que iba desde España hasta los límites de Mesopotamia. De esa época es su mejor joya arquitectónica, la gran mezquita de los Omeya, primera que se construyó según los patrones de la doctrina musulmana y que se convirtió en modelo para templos posteriores.

Damasco, cuyo nombre en árabe es Dimachk-cham, es una de las ciudades santas del Islam. Sus múltiples mezquitas son lugares de peregrinación para muchos creyentes que van a visitarlas y a orar. Uno de los lugares santos de la secta chií es el mausoleo de Saiyida Zenab, situado a las afueras de la ciudad.


Hoy toda la ciudad antigua, la que se enmaraña en calles estrechas, zocos laberínticos y rayos de sol que se cuelan furtivamente entre las casas bajas, se aprieta en torno a sus muros. Su patio de 612 metros cuadrados, pavimentado en mármol y con un estaque para las abluciones en el centro, señala el punto equidistante entre Constantinopla y la Meca. El interior, sobrecogedor, invita al recogimiento en un bosque de columnas y magníficas lámparas. El aterciopelado sonido de las voces de los fieles en la oración o, simplemente, en animada charla, completan un escenario de ensueño.

En los barrios antiguos nos sentiremos los protagonistas de un cuento de mil y una noches de duración. La tradición popular describe a Damasco como el Jardín del Edén por su hermosura y fertilidad, bañada por el río Barada y sus siete fuentes. Cuenta la leyenda que al llegar el Profeta Mahoma a las puertas de la ciudad no quiso entrar en ella, pues no quería ver el Paraíso antes de morir.

Damasco surgió sobre un oasis, el de Ghouta. Y se convirtió ella misma en oasis de tolerancia. En una zona del mundo donde el odio parece haberse asentado definitivamente, aquí hay barrio cristiano, barrio árabe y barrio judío. Iglesias armenias. Centros de reunión para los kurdos. Lugares donde todos se mezclan, conviven. Sin fronteras de rencor. Es la grandeza de una ciudad que vio pasar a muchos pueblos y que ha sabido conservar su personalidad de ciudad abierta. Damasco va más allá de las murallas de la ciudad vieja. Fuera, nuevos y populosos barrios se levantan entre amplias avenidas atestadas de coches, luces de neón, y gente que va y viene. Y es que el espíritu milenario pervive incluso en la modernidad. Hay tiendas, bullicio, cines de carteleras multicolores... aunque sin el sofisticado atractivo de las milenarias callejuelas de intramuros.

Por eso, al caer la tarde, cuando el benigno cielo de Damasco se inunda de una extraña luminosidad violácea, hay que regresar a la ciudad vieja. Poco a poco la noche se come a bocados de oscuridad las calles. Estas se sacuden el exceso de vida que horas antes las inundaba. Termina el día, uno más en esta ciudad que ostenta con orgullo mal disimulado ser la ciudad más antigua del mundo aún habitada.