jueves, 5 de octubre de 2017

28 Situaciones Que Solo Pasan En Las Películas Y Nunca En Tu Vida Real

Lo malo de las películas es que hemos interiorizado tantas escenas a lo largo de nuestra vida que a veces ya no sabemos diferenciar realidad de ficción. Queremos que nos besen como en Hollywood, dar un paseo por Central Park y ser los auténticos reyes en el baile de primavera del insti. Pero hay cosas que solo pasan en las películas y que nunca entendemos, y lo peor de todo, nosotros siempre creemos que podríamos haberlo hecho mejor. Esto es un repasito a ese lado oscuro (pero mágico) del cine dondecualquier improbabilidad puede suceder solo con pestañear los ojos.

1. Cuando se despiden la chica mira al chico justo en el momento que no toca y no coinciden.

2. Taxi, ¡siga a ese coche! Y Taxi sabe justo dónde tiene que dirigirse solo con que le señalen un dedo.

3. La frasecita que nos toca la moral y que nunca viviremos: Te quise desde el primer momento en que te vi.

4. Si le pides una copa al camarero, curiosamente el camarero sabe lo que quieres. 

5. Y eso sin tener en cuenta que siempre la lías tú solo porque no se sabe por qué no tienes amigos.

6. Si hay un incendio en tu casa lo primero que hará la policía al entrar será darteuna manta y un café calentito.

7. Y si han entrado en tu casa y son las 12 de la noche, tu huirás justo por el camino equivocado. Porque eres muy torpe.

8. Y además, ¡joder! no tienes batería o estás sin cobertura. ¿Dónde está el 4G cuando más lo necesitas?

9. Si te estresas, tu jefe te soltará en algún momento: maldita sea, Jack, creo que necesitas unas vacaciones. Pero tú dirás que no, siempre que no.

10. Los  desayunos siempre son por todo lo alto. Nadie desayuna leche con galletas. 

11. Si te pones a escuchar detrás de una puerta es probable que escuches un plan horrible donde se trama el asesinato de alguien.

12. Y todas las chicas bailan en su habitación delante del espejo.13. Y hacen llamadas a cuatro líneas que nosotros no hemos conseguido hacer en nuestra vida. 

14. Si te mudas a una casa nueva siempre habrá un sótano con un pasado oscuro, fotos antiguas y una historia tétrica.

15. Nunca se sabe quién limpia los destrozos después de una fiesta en casa.

16. Si estás viendo las noticias en tu sofá probablemente haga referencia a algo que te está pasando.

17. Todas las puertas pueden abrirse con una tarjeta de crédito. Fácil, rápido y para toda la familia.

18. Si uno empieza a bailar, casualmente todos los de su alrededor se sabrán la coreografía.

19. En cuanto se enciende un micrófono, este acopla a la primera y no hace falta el “probando, probando”.


20. Toda la población mundial es o publicista, columnista, policía o abogado.

21. Y escriben desde un Mac. Los Acer en las películas no existen. Muerte a los Acer.

22. Si hay atasco lo más probable es que puedas hacer el camino más corto saltando entre los coches. 

23. Nunca se dice hola y adiós en las llamadastelefónicas. La buena educación no existe en el cine.

24. Cuando te vayas a dormir y apagues la luz, la habitación seguirá perfectamente iluminada.

25. Y si dos personas tienen una cita y quedan para esa noche, nunca cierran la hora de verse. ¿Cómo lo saben entonces?

26. Todas las tormentas cortan las líneas de teléfono.

27. Las maletas llenas de ropa cuando te mudas de ciudad nunca pesan.

28. Y la clase de Literatura siempre, siempre, siempre, siempre mola.


martes, 26 de septiembre de 2017

martes, 13 de octubre de 2015

miércoles, 14 de enero de 2015

EL HELENISMO: CARACTERES GENERALES

ALEJANDRO Y LA CULTURA GRIEGA

El término “helenismo”, que en griego significa en sentido genérico “imitación de la cultura griega” y, en sentido más estricto, “forma griega pura y correcta”, designa, a partir de Juan Gustavo Droysen que fue su gran historiador (1808-1884), el período de expansión de la cultura griega en Oriente, caracterizado, precisamente, por la fusión de elementos griegos con elementos orientales.

Este fenómeno histórico se produjo como resultado de la conquista de Alejandro Magno (356-323 AC) quien, habiendo sucedido a su padre Filipo de Macedonia en el año 336, entre les años 334 y 324, después de haber conquistado el imperio persa, llevó las armas griegas al corazón de Asia, hasta el curso del Hipaspis (hoy Beas, afluente del sur del Indo) e incluso hasta el Pendjab, sojuzgando los territorios correspondientes a las actuales Turquía asiática, Siria, Iraq, Irán; y Egipto hasta Assuán.

La muerte prematura de Alejandro mostró muy pronto la fragilidad de esta construcción demasiado grandiosa. Después de un período de intrincadas y encarnizadas luchas entre los sucesores (diádocos) de Alejandro y posteriormente entre sus descendientes, su herencia, alrededor del 275, aparece dividida en tres grandes estados: 1) Egipto (y parte de Siria) de los Ptolomeos; 2) la Grecia continental (salvo la parte central, de las ligas etolia y aquea, y Esparta, que era independiente) formaba el reino de Macedonia; y 3) el reino de los Seléucidas, que comprendía aproximadamente la parte asiática.

Hacia mediados de siglo se constituye finalmente la gran cuarta potencia de la época helenística, el reino de Pérgamo (Misia), de los Atalidas. A fines de siglo (año 201), Roma, que interviene en el litigio provocado por las discordias de los monarcas helenísticos, comienza a inmiscuirse en los asuntos de Asia; y ya la paz de Amapea en el año 188, la ve como árbitro del mundo mediterráneo oriental. Uno tras otro, los estados helenísticos se consumen en rivalidades recíprocas y concluyen en la órbita de Roma, a la que, en el año 133, Atalo III deja en herencia su propio reino.

Sólo Egipto permanece independiente todavía un siglo más, pero el 1° de agosto del año 30 AC también Alejandría cae en manos de Augusto, y Egipto se convierte en provincia personal del emperador. El fin de la última monarquía helenística es considerado, con razón, como el fin del propio período histórico. La misma Grecia, en el año 27, se constituye en provincia senatorial romana con el nombre de Acaya. El elemento griego ha concluido su fusión política en el mundo que ya pertenece a Roma.

Con frecuencia se olvida que el helenismo no había tenido necesidad de aguardar a Alejandro para difundirse más allá de Grecia, tanto hacia Occidente como hacia Oriente, después de la gran colonización realizada entre 750 y 550 AC. Se había producido entonces una penetración comercial y cultural predominantemente pacífica, consolidada por una profunda y duradera fusión étnica con las poblaciones indígenas.

Ahora, en cambio, con Alejandro, los griegos actúan como conquistadores; la civilización griega, y en primer término la lengua, se convierte la civilización oficial de la clase dominante, es decir de un círculo limitado, y queda aislada en países de civilización antiquísima (Egipto, Mesopotamia, etc.), entre pueblos y lenguas absolutamente extraños al pueblo griego.

Debe advertirse, sin embargo, que la conquista de Alejandro, que se dirigía contra el enemigo tradicional de los griegos, o sea el imperio persa, miraba hacia el Oriente, que resulta de esta manera conquistado por la civilización griega. El Occidente griego, por su parte, aislado de la madre patria, será pronto absorbido en la zona de influencia romana y perdido por Grecia, pero antes habrá cumplido con la misión de intermediaria, a través de la Magna Grecia (sur de Italia) entre la cultura griega y Roma.

En realidad, esta cultura de los griegos vencedores estaba en alguna medida como prisionera de países y pueblos sino hostiles, extranjeros; continuamente en actitud de defensa contra la amenaza de que la absorbieran civilizaciones vetustas y gloriosas, ante cuya fascinación ella misma no era insensible. Por otra parte, los griegos tenían conciencia de ser los portadores de la más elevada forma de civilización que el mundo hubiera elaborado jamás, y que por los caracteres de la humanidad y universalidad que expresaba merecía convertirse en el patrimonio común de todos los hombres. De ahí que, para protegerla y difundirla era necesario organizarla: y primeramente en Egipto y después en todo el mundo helenizado, surgieron instituciones que cobran vida y se nutren del poder político, o sea de la corte.



LOS NUEVOS CENTROS Y ATENAS 

Frustrados el sueño y el ejemplo de Alejandro, de una fusión entre vencedores y vencidos, la conquista todavía se mantenía firmemente en los territorios sometidos a través de numerosas fundaciones en Oriente (la tercera y más importante oleada de la colonización griega), en toda la zona del Asia Menor, sobre el litoral sirio, a través de la zona mesopotámica hasta el golfo Pérsico.

Estas fundaciones se tornan centros naturales de expansión de la cultura griega, entre los cuales sobresalen, por su importancia y eficacia, las grandes capitales de los grandes Estados helenísticos: Alejandría, principalmente, Pérgamo, Antioquía, que comienzan una renovación urbanística y en parte arquitectónica, para construir y adornar la morada del monarca y de la corte.

En la nueva capital egipcia surgen, gracias a la liberalidad del príncipe, las instituciones culturales que se difundirán en gran parte del mundo helenizado: el “Museion” con las instituciones científicas anexas (el observatorio astronómico, un jardín botánico y zoológico, un instituto anatómico) en las cuales trabajan los sabios sin ninguna preocupación por la vida práctica; finalmente la biblioteca que, en adquisiciones sucesivas, alcanzaría a contener todo lo que la literatura -no solamente griega- había producido hasta el momento (setecientos mil volúmenes, según algunas fuentes).

Las posibilidades provenientes de esta colección dan origen a la filología, a la interpretación de textos (en primer lugar Homero y luego los demás) y a la historia literaria (catálogos e inventarios), que serán una valiosa ayuda para la conservación de los textos antiguos. Junto a esta que sería la Universidad, está además el “gymnasium” con su paideia cultural y física para la primera formación de la juventud.

Estas instituciones, debidas al consejo y la guía del filósofo peripatético Demetrio Faléreo, prolongan, con una prodigalidad de medios que sólo el monarca podía suministrar, instituciones atenienses semejantes, como la Academia y especialmente el Liceo, de las que representan la evolución y el potenciamiento. El hecho de que se difundan, aun en centros menores y en ciudades libres como Pela, Éfeso, Delfos, Corinto, Siracusa, Rodas, Cos, demuestra que ellas responden a una tendencia general de la civilización griega en este período. Que las condiciones ofrecidas por tales instituciones fuesen ideales para el progreso de las ciencias, comprendidas por las disciplinas históricas, es una constatación obvia, apoyada incluso por ejemplos muy recientes. En efecto, la época helenística ha visto, junto con el renacer de la poesía, un nuevo y poderoso despertar del espíritu científico en todas las direcciones.

Más aún, aparece ahora la figura del sabio puro, matemático o astrónomo por ejemplo, mientras que en la época clásica el sabio se identifica casi siempre con el filósofo, hasta que Aristóteles, instructor de Alejandro, aun realizando la síntesis de estas actividades, muestra lo que podríamos llamar las premisas necesarias de la separación. Igualmente es interesante observar que también muchos poetas son hombres de ciencia; no sólo los fundadores de las disciplinas filológicas y literarias, como Licofrón, Calímaco, Apolonio de Rodas y otros, sino también científicos propiamente dichos como el matemático, astrónomo y geógrafo Eratóstenes o bien el médico y naturalista Nicandro.

Los caracteres de esta nueva civilización griega en tierra de conquista son aquellos que le dan vigor y la fuerza de penetración necesarios para difundirse en ambientes tan diversos entre sí y tan distintos de ella, pero son también aquellos que la condicionan y que constituyen su diferencia fundamental con respecto a la civilización de los siglos precedentes.

Ésta, en los siglos V y IV AC, había sido la expresión y la creación de la polis, sobre todo de Atenas, cuya afirmación más alta y el análisis más claro se encuentran en el admirable discurso de Pericles en Tucídides. El fruto, vale decir, de una libre organización civil y religiosa, de la que cada ciudadano se siente, por su parte, artífice y beneficiario; una luz inmensa amada como una cosa viva, por la cual es bello vivir y morir. Primero los poetas, luego los historiadores y los filósofos habían sido la voz y la conciencia de esta grandeza: y de una realidad espléndida habían hecho un mito y un ejemplo permanente.

Ahora, agotada la polis, se produce la caída de todos los grandes ideales que la habían creado y que ella misma había formado: libertad, patria, religión. Ahora el ciudadano no significa nada: el príncipe y su administración piensan en todo, por todos. La historia no la hace ya la asamblea popular sino la voluntad del monarca; la política, la paz y la guerra son hechas por las ambiciones o por las disputas dinásticas. Para los griegos, ésta es tierra de conquista; no es todavía (y quizá no lo sentirán nunca así) la “patria”, la tierra de los padres, en nombre del cual Esquilo había cantado el himno de guerra para la flota de Salamina.

Esta es una tierra de conquista, de aventura y de intercambio: el combatiente no es ya el ciudadano, sino el soldado de aventura y el mercenario. La cultura es de importación: no se alimenta de naturales jugos terrestres, sino que se dirige, particularmente durante las primeras generaciones, a un círculo poco numeroso, constituido precisamente por elementos griegos y por elementos helenizados por simpatía, por necesidad o por moda.

Este contacto con pueblos, lenguas y civilizaciones nuevas produce ahora (a diferencia del tiempo en que el hombre griego las sentía, si bien fascinantes, fundamentalmente extrañas y hostiles, o sea “bárbaras”) un estado de ánimo que en parte había ido madurando por natural evolución y prevaleciendo sobre el exclusivismo regional, de concordia y de “filantropía” y de cosmopolitismo.

Si todavía no es un sentimiento, es sin duda la tentativa o el deseo de superar las barreras de la lengua, la estirpe, de estado. Como sucede siempre, el proceso de ósmosis es recíproco, y los griegos, si bien son quienes más dan, a su vez reciben también. Así se advierte sobre todo en la arquitectura y en la escultura, que denuncian la perdida del sentido griego de la medida y el predominio del gusto oriental: piénsese en el Ara de Pérgamo o en el Coloso de Rodas o en el Laocoonte.

La influencia de Oriente reaparece en la concepción y la organización del estado absoluto, concentrado en manos del monarca, y en el culto divino que se le rinde, culto que ya Alejandro había pedido para sí, suscitando la invencible repugnancia de los griegos, que se le tributará a él y a los diádocos después de su muerte; que, en Egipto, fue rendido en vida a los monarcas Ptolomeo II y su hermana-esposa Arsinoe II.

También en las letras surge ahora (por lo que sabemos, por primera vez en la historia de manera amplia y difundida, pues los intercambios en el área del Mediterráneo oriental del XIV al XII AC de “El-Amarna” derivan más bien de relaciones dinásticas y diplomáticas) la necesidad o la curiosidad de conocer las obras de otras lenguas, a través de las traducciones, del hebreo seguramente; probablemente también del egipcio y del caldeo.

La civilización griega, por cierto, había elaborado ya sus valores fundamentales. En ese momento, más que de creación se trata de extensión y de difusión; pero no sin que, por eso mismo, se vayan revelando aspectos nuevos y originales. Se ha afirmado que la ganancia en extensión significó una pérdida de profundidad. Es una opinión superficial e inexacta, que constata, interpretándolo erróneamente, un hecho obvio y por otras razones, verdadero: que el impulso activo, la carga vital del espíritu griego tendía a agotarse.

Ningún daño para la vitalidad y la grandeza de las creaciones le había sobrevenido en efecto a la civilización griega en el período de las grandes colonizaciones, que por la vastedad territorial no es muy inferior a la conquista de Alejandro. Por otra parte, puesto que semejante trasplante cultural, guiado y organizado, no había aparecido antes de este momento en estas proporciones y en estas condiciones, el mismo constituye una experiencia interesantísima, aparte de las consecuencias históricas y culturales que pasaremos a señalar.

Además, suministrará una especia de prueba (que la civilización griega afrontará ahora, victoriosamente, por primera vez) del carácter universal y de los valores absolutos que la destinaban a convertirse en patrimonio común de la humanidad.



LA LENGUA

En los últimos tres siglos, del VI al IV AC, Grecia había alcanzado un admirable y quizás jamás inigualado florecimiento en las artes, en el pensamiento y en las ciencias que, en los siglos V y IV, había sido casi exclusivamente de creación o de formación ateniense. Después de esto, que nos parece un prodigio y que fue solamente un hecho natural, es asimismo natural que su impulso tendiera a agotarse, en perfecto paralelismo con el imperio naval que había sido el aspecto histórico-político del mismo espíritu de poder.

El hecho es visible precisamente en Atenas, que quedó al margen de la acción de las nuevas fuerzas, que provenían de un pueblo considerado poco menos que bárbaro, aunque estuviera helenizado en la clase dominante: los macedonios, que con la conquista militar, transfieren al plano universal la civilización que había tenido su centro en Atenas. Atenas, que ya no será creadora ni de historia ni de pensamiento, comienza su vida de tranquila ciudad al margen del helenismo, con su tradición de ciudad consagrada a la cultura y a las artes.

Su última gran manifestación literaria, la comedia nueva, es profundamente significativa de la vida y de los ideales del momento; pero muchos de estos poetas (como sucedía con los de la comedia post-aristofanesca) ya no son atenienses. Tampoco la filosofía, que es otro gran mérito de la Atenas helenística, es ateniense después de Platón, aunque esté localizada en Atenas como consecuencia de la inmensa fuerza de una tradición insustituible; pero Aristóteles y Teofrasto, como después Zenón y, en el fondo, también Epicuro, vienen de otras partes del mundo griego.

Ahora los centros de propulsión están fuera, en el mundo nuevo, principalmente en Alejandría, que era de algún modo la más griega de las nuevas capitales helenísticas en la orilla de aquel Mediterráneo que había sido siempre la vocación de los griegos y en la que podemos recoger, más completos y evidentes, los aspectos característicos de los nuevos tiempos, entre ellos lo que después se llamará “mecenazgo”, es decir, protección acordada a las artes y a las ciencias asegurando una vida tranquila y segura a sus cultores.

En el campo literario, el hecho más visible y más importante es sin duda el renacimiento de la poesía, que en el siglo IV había casi enmudecido. (...) En cuanto a la expresión lingüística, la poesía emplea los “dialectos” ya tradicionales de los géneros: el ático, en diversa proporción de pureza para la tragedia y para la comedia, el homérico y el hesiódico para la epopeya, el jónico variadamente mezclado para el yambo, la elegía y el epigrama. Pero ahora, separados del ambiente en el cual habían nacido y en el cual se habían influido recíprocamente, se limitan a suministrar de cada habla la pátina y el color predominante (recuérdese que ninguno de los dialectos literarios es puro ni refleja una localización geográfica, sino que todos son variadamente mixtos: o sea, son lenguajes de arte) mientras se acentúa en ellos el tono forzado y artificial del trasplante; con excepción, obviamente, de la comedia ática.

De esta impresión no se sustrae ni siquiera la lengua de Teócrito, que es generalmente una mezcla del dórico paterno con el dialecto épico en proporción diversa según los argumentos: lengua indudablemente original, con sus extraños ecos, que dan a la poesía de Teócrito inigualable dulzura y sabias armonías. Una rebuscada rareza es, en cambio, el eólico de dos composiciones de Teócrito, como el dórico de dos himnos (V y VI) de Calímaco, de los cuales el último está, además, en dístico elegíaco: ¡un verdadero pastiche literario, un himno homérico en dialecto dórico y en metro elegíaco!

Un cuadro lingüístico distinto ofrece en cambio la prosa, que se presenta con una dignidad artística mucho menor con respecto a la poesía contemporánea. La conquista de pueblos no griegos (y antes la confluencia del ejército de elementos originarios de diversas partes del mundo griego), las relaciones con los súbditos no sólo entre los distintos estados a través de la administración y la cancillería y la difusión de una civilización única en gran parte del mundo oriental, crean la necesidad de una lengua de intercambio que pueda ser entendida por todos, de una lengua “común” (κοινή,  es decir, διάλεκτος).

Esta lengua común no podía ser, en aquel momento de la evolución del griego, sino la ática: sea porque ella misma había ya constituido en cierto modo una “koiné” hablada (como lo atestigua ya hacia fines del siglo V el anónimo autor de la constitución de Atenas, cap. II,8), sea por la enorme tradición de cultura que ella representaba y que la colocaba naturalmente como la lengua más difundida y a la vez más ilustre de Grecia.

No obstante, el ático pierde aún más sus caracteres idiomáticos (morfológicos, gramaticales y sintácticos) que ya había atenuado durante la hegemonía ateniense, y tiende a normalizarse precisamente para responder a sus nuevas funciones de “koiné”: la cual, en el concurso de las causas políticas y sociales, concluirá por producir la desaparición de las antiguas hablas locales.

Lengua común, obviamente, es una expresión general y un poco abstracta, que contiene aspectos muy diversos. Ante todo, la lengua hablada había sido distinta de la lengua escrita literaria; pero de aquella sabemos bien poco, a través de los papiros; respecto de éstos hay que recordar que aun la lengua más inculta, cuando se escribe incluso con fines prácticos, adopta necesariamente un carácter más elaborado. De la lengua, o sea de la prosa literaria, se conservan en cambio numerosos e importantes documentos, ya que ésta fue la lengua de la historia, de la filosofía, de la erudición, de las ciencias.

En la lengua de Jenofonte, por ejemplo, ya se encuentran, quizá por las vicisitudes del escritor, elementos de la “koiné”, o sea, no rigurosamente áticos. Esta es la lengua de Aristóteles, Teofrasto, Epicuro, Zenón, Posidonio y Epicteto, de los historiadores de Alejandro, de Polibio, de Diodoro Sículo, de Filón y de Flavio Josefo; de científicos como Euclides o Herón de Alejandría; de geógrafos como Estrabón y de narradores como los primeros novelistas; de oradores y eruditos. De particular interés es, además, la lengua de la traducción del Antiguo Testamento, los así llamados Setenta, y más aún, la del Nuevo Testamento, tan próxima a la lengua hablada en las comunidades helenizadas del Mediterráneo Oriental y que, con su difusión, ha tenido una importancia enorme para todas las lenguas, a través de la cual se propagó el cristianismo, además de la específica influencia ejercida sobre la evolución del griego hasta hoy.



EL HELENISMO Y LA POSTERIDAD 

Considerado en su triple aspecto de fenómeno histórico-político (y económico-social), cultural y literario, el balance del helenismo puede considerarse altamente positivo, y algunos de sus puntos ya han sido considerados. A ellos deben agregarse dos hechos de importancia capital para la civilización del mundo.

En primer lugar, la conquista y después la helenización del Oriente mediterráneo atrajeron definitivamente estas regiones a la cultura (y en parte a la lengua) griega. Frente a ellas la conquista romana no podía sino ser de carácter político y administrativo: y, ni siquiera sin contrastes, incluso violentos. Además, cuando el imperio, en la parte oriental, se haya hecho griego, es decir bizantino, aun esto será un efecto de la profunda e ininterrumpida civilización griega de aquellas regiones: y el imperio bizantino será griego por su cultura y lengua hasta el siglo XV, como síntesis de los valores fundamentales de la nueva civilización: la religiosidad cristiana, la cultura griega, la tradición jurídica y político- administrativa de Roma.

Otro hecho que debió ser de enorme importancia es el encuentro entre el mundo judío y la cultura griega, que acaece en Alejandría en el siglo III AC. Es en ese momento cuando, según nuestra fuente más antigua y autorizada, la Carta a Filócrates del hebreo Aristeas (que vivió probablemente alrededor del 200, pero es una fecha muy controvertida), Ptolomeo II, por consejo de Demetrio Faléreo, se hizo enviar de Jerusalén una copia de los libros sagrados hebreos y llamó a Alejandría a setenta y dos sabios hebreos que (¡en setenta y dos días!) hicieron la traducción al griego, llamada por eso de los Setenta (o bien LXX).

Naturalmente esta traducción representa un trabajo que duró mucho tiempo, y que sólo se concluyó hacia la era cristiana; bajo el nombre de los Setenta se encuentran comprendidos incluso algunos escritos apócrifos, originalmente compuestos en griego. Además esta traducción no fue la única versión griega de los libros sagrados hebreos: la siguieron la de Aquila de Sínope (siglo I DC), de Teodotión de Éfeso (alrededor del 50 DC), del samaritano Simaco (alrededor del 175 DC) y otras tres traducciones parciales. No hace falta señalar qué sensibilidad y qué apertura de intereses manifestaron el Filadelfo o sus consejeros con la necesidad de conocer directamente un mundo como el hebreo, tan profundamente distinto (totalmente opuesto se diría) con respecto al griego.

Por efecto de esta traducción, aunque se haya realizado, como es probable, para uso de la numerosa colonia judía de Alejandría, acaece que la cultura hebrea adopta como lengua propia el griego. Helenización que conquistó posteriormente Palestina, donde el Nuevo Testamento fue escrito en griego, por ser la lengua más difundida en el Mediterráneo Oriental y que constituía el mayor medio de propaganda para la nueva religión. Basta haber señalado este hecho para advertir la fusión excepcional que, en un momento decisivo para el mundo, he ejercido la lengua griega.

Se podría afirmar, por consiguiente, que el único punto negativo imputable al helenismo es el político, o sea, la pérdida de la libertad para los griegos. No asombra que la época moderna, fecunda en totalitarismos, haya visto en esto más bien un mérito para Alejandro: que a costa de algo desdeñable como la libertad, aseguró a los griego un destino hegemónico tan espléndido. Pero tanto un punto de vista como el otro son polémicos y tendenciosos y no tienen en cuenta la realidad, es decir el hecho de que la polis con su libertad (Atenas, en esencia) se había deteriorado y agotado íntimamente como forma política, aun antes de sucumbir, noblemente, ante los macedonios. El imperio de Alejandro representa, por lo tanto, solamente el momento histórico en el cual concluye la necesaria evolución del particularismo político griego: el único modo, o más bien tentativa, de crear una “nación” griega. Pero ella fue solamente en realidad, la premisa necesaria para aquella que permanecerá como la forma histórica absoluta del imperio, el imperio por destino y vocación, el de Roma. Y será una prueba de que, en cambio, era otra la misión de los griegos, en toda su historia y bajo cualquier forma política.

viernes, 6 de junio de 2014

Historia de Estambul


Estambul, en turco İstanbul, es la ciudad más grande de Turquía y una de las mayores ciudades de Europa. Asimismo es la capital administrativa de la Provincia de Estambul, una de las 81 en que está dividida Turquía. Está dividida por el Estrecho del Bósforo en dos partes, una en Asia y otra en Europa.

Su prodigiosa historia y su permanente actividad económica es debida a su situación entre dos corrientes de civilización: la del Mediterráneo al mar Negro y la de Europa a Asia.

Hasta el año 330 se la denominó Bizancio, y posteriormente, hasta el 1453, Constantinopla. Su actual denominación, İstanbul, le fue otorgada el 28 de marzo de 1930.

Estambul fue la capital del Imperio Romano de Oriente y del Imperio Otomano. El 29 de octubre de 1923 se estableció la República y la capital se trasladó a Ankara.

La gran mayoría de su población es de confesión musulmana, con minorías de cristianos y de judíos. Desde el punto de vista religioso también es la sede del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, cabeza de la Iglesia Ortodoxa.

En 1985 fue declarada Patrimonio de la Humanidad.

Veamos un poco más sus períodos históricos:

El origen: Bizancio

Bizancio fue fundada en la orilla europea en el año 667 a.C. por colonos griegos de Megara, a lo largo de un golfo profundo y resguardado: el Cuerno de Oro.
En el siglo V a.C. fue ocupada y destruida por los persas. En el 479 a.C., el espartano Pausanias comenzó su reconstrucción. En el 409 a.C. pasó a manos de los atenienses hasta el 405 a.C. en que, de nuevo, fueron expulsados por los espartanos. Los atenienses volvieron a recuperarla en el 390 a.C.
Durante el reinado de Alejandro Magno, 336 a 323 a.C., perteneció a los macedonios. Hasta el año 279 a.C., en que los celtas la impusieron un tributo, fue relativamente independiente.

El Imperio Romano

En el año 191 a. C. fue reconocida por Roma como ciudad libre, aunque en el año 100 a.C. fue posesionada por la República.
En el año 197 el emperador Septimio Severo la saqueó y destruyo sus murallas. Después decidió reconstruirla a imagen de otras colonias occidentales, duplicando el recinto amurallado.

El Imperio Bizantino

Santa Sofía
Constantino I el Grande comenzó a erigir la nueva Roma en el año 324 y en el 330, fue consagrada bajo el nombre de Constantinopla, o ciudad de Constantino, convirtiéndola en capital del Imperio Romano de Oriente, conocido como Imperio Bizantino.
Para sus habitantes fue siempre una capital romana. Fue construida sobre "siete colinas", a imagen de Roma, y dividida en catorce regiones, diez de ellas se encontraban dentro de las murallas. La primera Catedral de Santa Sofía, construida por Constantino II junto al Gran Palacio y consagrada en el año 360, sufrió graves daños en el 532, por lo que Justiniano levantó una nueva catedral.
Debido a su posición estratégica entre Europa y Asia, Constantinopla controlaba tanto la ruta entre estos dos continentes como el paso del Mar Mediterráneo al Mar Negro, lo que motivó que, durante siglos, fuese la gran urbe europea medieval mientras que la parte occidental del Imperio Romano entraba en una profunda crisis política, económica, comercial y demográfica.
La ciudad pasó de 30.000 habitantes en la época de Septimio Severo hasta 400.000 en el reinado de Justiniano.
Durante los siglos VII y VIII el Imperio sufrió una pequeña crisis. En los siglos IX y X, con el Cisma de Oriente, volvió otra etapa de renacimiento. Aunque con las cruzadas comenzó la decadencia del Imperio, la ciudad conservó su importancia como centro cultural y comercial del Mediterráneo.
Constantino XI, último emperador del imperio, murió defendiendo la ciudad. Se la denominó Constantinopla hasta la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453 y en Europa hasta el siglo XX en lugar de Estambul.

El Imperio Otomano

Ilustración del Palacio Topkapi
Después de largos años de conflictos con los turcos, que ya habían conquistado el resto del Imperio Bizantino, Constantinopla cae bajo su dominio el 29 de mayo de 1453, en que Mahomet II, entraba a caballo en Santa Sofía, que fue transformada en mezquita. Esta fecha marca el final de la Edad Media.
Durante este periodo la ciudad sufrió una profunda transformación cultural pasando de ser bizantina imperial a otomana, y de cristiano ortodoxa a islámica. Aunque algunas iglesias fueron convertidas en mezquitas, muchas se conservaron y además fueron construidas nuevas mezquitas alrededor de la ciudad para conmemorar los reinados de los sultanes.

La República de Turquía

Estambul a principios del siglo XX
El 29 de octubre de 1923, Mustafa Kemal Atatürk estableció la República y la capital se trasladó a Ankara.
En 1930, Estambul adoptó oficialmente el nombre de İstanbul. En la década de los años 50 y 60 sufrió un gran cambio estructural. Un gran número de descendientes de griegos, pertenecientes a la numerosa comunidad griega, marcharon a Grecia después del asalto a las comunidades armenia, griega y judía, acontecido en 1955.
En los años 60, sacrificando edificios históricos, se construyó en Estambul una moderna red de transporte público.
  
En 1963 se firmó el Acuerdo de Ankara, primer paso en su proceso de integración en la Unión Europea.
Durante los años 70 Estambul experimento un gran crecimiento demográfico debido a la emigración procedente de Anatolia que buscaba trabajo en muchas fábricas construidas en las afueras de la ciudad. Esto provocó una explosión inmobiliaria y que muchos de los pueblos de la periferia fuesen absorbidos por la ciudad.
Actualmente Estambul es una de las ciudades más turísticas de Europa y cada año es visitada por millones de personas.

fuente:  http://www.estambul.es/historia

martes, 3 de septiembre de 2013

lunes, 12 de agosto de 2013

socialismo utópico

Concepto de socialismo utópico
La expresión socialismo utópico fue acuñada por Federico Engels en “Del socialismo utópico al socialismo científico“, uno de los libros más leídos del socialismo en las últimas décadas del siglo XIX. La expresión no era nueva, pero anteriormente se había usado en forma polémica, como acusación de un grupo contra otro, mientras que Engels realiza a la vez una operación histórica y una caracterización ideológica: los reivindica como orígenes del socialismo, los impugna por proponer un ideal irrealizable, los agrupa y homogeneíza a todos como un momento previo al “socialismo científico”, que sería su superación dialéctica. De esa forma, Engels populariza la expresión “socialismo utópico” con un valor negativo.

El socialismo utópico es sobre todo identificado por la voluntad de concebir comunidades ideales, organizadas según principios democráticos y cuyas relaciones se fundan en la equidad. Desconectadas de una visión lineal del progreso donde surgirían, estas comunidades podían ser tanto proyectos más o menos cerrados para desarrollar de manera contemporánea, como los falansterios de Fourier, o bien podían estar ubicadas en un futuro más o menos mediato, como un ideal social dotado de algún grado de perfección. Lejos de representar modelos pragmáticos, en ambos casos se observa cierta asociación de las relaciones sociales surgidas bajo el utopismo con un modelo de perfección social que proviene de una cosmovisión trascendental y filosófica, tal como en la Civitas Dei de Campanella.

Antecedentes del socialismo utópico

Hasta el siglo XIX, el utopismo estuvo confinado a referencias filosóficas o literarias, se puede comenzar en la concepción del paraíso perdido, en la Biblia cristiana, hasta la Edad de Oro en la mitología griega y romana. Pero generalmente se señala a La República, de Platón, como el primer planteo literario-filosófico de una comunidad ideal.

Para el Renacimiento, Tomás Moro escribe su novela Utopía (1516), que inventa el término que nombrará a esta corriente del socialismo. Otras utopías literarias son La ciudad del sol (1602), de Tommaso Campanella; Código de la naturaleza (1755), de Morelly; Foción (1763), de Gabriel Bonnot de Mably.
Cuando el momento de auge del socialismo utópico había sido superado, volvió a frecuentarse el género de la utopía literaria, de los cuales se pueden citar Looking backward (1884), de Edward Bellamy, conocida en castellano como El año 2000; News from nowhere o Noticias de ninguna parte (1890), de William Morris; La ciudad anarquista americana (1914), de Pierre Quiroule; Buenos Aires en 1950 bajo el régimen socialista (1908), de Julio Dittrich, entre otros.

Charles Fourier y el falansterio

Charles Fourier desarrolló en 1820 su propuesta de crear establecimientos agrario-industriales que convocaran a unas 1600 personas, alojadas en un edificio diseñado al efecto, que trabajarían las tierras circundantes y compartirían las ganancias de las ventas. La comunidad garantizaría los servicios generales y todos trabajarían, incluso niños, pero el trabajo no sería penoso sino atractivo. Los miembros del falansterio elegirían las labores que más les gustaran, ninguna tarea duraría más de dos horas, pero la jornada laboral sería extensa. Fourier era un defensor del “trabajo atractivo”, idea que desarrolló más tarde Pierre-Joseph Proudhon.

En la concepción de Fourier, el falansterio se crearía con inversiones privadas, a las cuales se les devolvería el dinero prestado sin intereses. Los miembros del falansterio cobrarían un salario por las tareas realizadas, pero éstas no tendrían todas la misma remuneración. Por otra parte, el talento sería recompensado de forma especial. Se armaba de esa forma el triángulo de intereses que planteaba Fourier: el capital, el talento y el trabajo.

El hecho de compartir las ganancias del producto, sin que un capitalista o un financista se reservara para sí la mayoría de los ingresos, haría que el conjunto del falansterio ganara más dinero que cualquier empresario, pues el prorrateo de las inversiones y el ahorro producido por la socialización de los servicios individuales (comida, vestimenta, vivienda) acrecentaría enormemente las ganancias: la verdadera industria atractiva daría cuatro veces más ganancias que la “falsa industria”. De esa forma, según Fourier, un solo falansterio podría actuar como ejemplo y capitalistas, paulatinamente, invertirían más en nuevos falansterios que en emprendimientos particulares. Así, en pocos años, el mundo entero estaría dominado por la asociación económica.

Fourier desarrolló una clasificación de períodos de la historia, el siglo XIX era la “civilización” y cuando proliferaran los falansterios se llegaría al “garantismo”. Pero más allá, cuando los falansterios no compitieran ya con el capital individual, el mundo llegaría a la “armonía”, sociedad ideal donde todos serían libres, tanto desde el punto de vista económico, legal como cultural y sexual.

Owen y las granjas cooperativas

Robert Owen comenzó siendo un reformador del trabajo industrial, pues en la misma fábrica donde él era dueño implementó medidas de beneficio para el obrero, como supresión de las labores penosas y mantenimiento del salario en épocas de reducción de ventas.

Más adelante propuso “granjas cooperativas” (villages of cooperation), que también tenían lugar para emprendimientos industriales, pero básicamente estaban volcadas a la agricultura. Al principio lo ideó como un plan para resolver la desocupación, pero pronto se convirtió en un método de regeneración social. Las granjas colectivas tendrían la función de generar un espacio moral y educativo, que para Owen eran los dos factores más importantes por los cuales se corrompían las personas en la sociedad.

Étienne Cabet

Étienne Cabet recibió la influencia de Robert Owen durante su exilio en Inglaterra ya de regreso en Francia, predicó un comunismo pacifista, democrático y proclive a la construcción de colonias de propiedad común.
En el hincapié en la educación y la moral se nota la influencia de Owen. Su novela utópica Viaje a Icaria (1842) fue bien acogida en su tiempo y popularizó fuera de Francia la idea de construcción de colonias igualitarias.

En 1848, después de una campaña de reclutamiento de icarianos que abarcó toda Francia y varios países de Europa, partió a América, donde colaboró en diversos emprendimientos sucesivos de colonias agrícolas comunitarias, que fracasaron por diversas razones.

Saint-Simon y sus seguidores

Saint-Simon no desarrolló una idea de mundo perfecto en el futuro, sino que sometió a la sociedad surgida de la revolución francesa a una crítica muy fuerte. En ese marco, entendía que todo lo que hicieran los gobiernos debía tender a mejorar la situación moral y material de los que trabajaban, y terminar con los dos flagelos que seguían azotando al mundo: pobreza y guerras. Para ello, debía desplazarse a los sectores improductivos y los productivos debían dirigir los destinos de la nación, ejerciendo cada vez menos gobierno (entendido como despotismo) y más administración.
En función de la propuesta, no se oponía a la propiedad privada, pero propuso suprimir la herencia, de manera que la acumulación que cada uno lograra fuera producto del propio esfuerzo y no hubiera enormes acumulaciones generacionales. Por otra parte, la industria (entendida como toda actividad productiva) debía ser el centro de los esfuerzos de la sociedad, para subvenir a las necesidades de todos.
Era objetivo del estado realizar grandes emprendimientos en beneficio del conjunto social: ferrocarriles, diques, puentes, canales de comunicación, bancos populares, etc.
En definitiva, su utopía consistía en un capitalismo equitativo, sin anarquía económica, con una planificación que permitiera superar la pobreza y evitara las guerras entre países. Para Saint-Simon, su propuesta consistía sobre todo en trasladar a la política los preceptos del cristianismo.

Colonias utópicas más populares

- Condé-sur-Vesgre (Rambouillet, Francia), 1832-1835, fourierista.
- New Lanark (Gran Bretaña, 1813-1828), fábrica modelo creada por Robert Owen.
- New Harmony (Indiana, Estados Unidos, 1824-1829), comunidad creada por Robert Owen, con 20.000 acres de terreno y 900 integrantes.
- Unión agrícola de Saint Denis du Sig (Argelia, desde 1846). Creada por el abogado fourierista Jules Duval, tiene 363 miembros hacia 1850.
- Falansterio de Boussac (Francia, 1843), creado por el socialista ex sansimoniano Pierre Leroux, la escritora George Sand y la feminista Pauline Roland. Cerca de 80 miembros.
- Familisterio de Guise (Francia, 1849-1968). Creado por el industrial Jean-Baptiste Godin, fourierista. Contaba 2.000 miembros a fines del siglo XIX. Su excepcional longevidad da testimonio de su éxito.
- Falansterio de Oliveira (Brasil, 1841), fundado por el médico francés Benoît Jules Mure, fourierista.
- Colonia Cecilia (Brasil, 1890-1894), creada por anarquistas italianos.
- La Reunión (Texas, Estados Unidos, 1853-1875), creada por el discípulo de Fourier, Victor Considerant. Granja de 5.000 hectáreas, tras su disolución fue absorbida por la ciudad de Dallas.
- Nauvoo (Illinois, Estados Unidos, 1849-1855), creada por Etienne Cabet, tenía 526 integrantes (de ellos, un centenar de niños) en el momento de la disolución.

Fin de las colonias utópicas

El principal obstáculo para la creación y consolidación de comunidades utópicas consistía en buscar una convivencia perfecta en medio de un mundo basado en valores diferentes. Es decir que esas comunidades no pudieron evitar los desfasajes entre el interior (valores morales) y el exterior (valores mercantiles). En el interior mismo, la educación de los colonos respondía habitualmente a los valores cuestionados. Los problemas, enumerados por Pierre-Luc Abramson, fueron diversos:
- Disidencias filosóficas entre los impulsores, lo cual podía llevar a rupturas previas a la fundación. Las colonias generalmente necesitaban una fuerte inversión al comienzo, y los capitalistas solían tener prioridades diferentes a las de ideólogos.
- Conformación de camarillas con intereses o ideas diversos en el interior de la colectividad.
- Personalismo de los líderes o comportamientos de éstos que no lograban cohesionar de forma adecuada al grupo.
- Hostilidad del medio natural, dificultad de adaptarse a una vida lejos de la civilización urbana, lejanía de medios de comunicación, lluvias, sequías, etc.
- Problemas económicos: baja rentabilidad de las actividades, necesidad de contratación de mano de obra, exigencias impositivas del Estado receptor, necesidad de dinero en efectivo. Algunas colonias crearon un “dinero interno” que pronto se adaptó a la circulación del dinero oficial.